NUEVAS DIETAS – MENOS RESTRICCIONES

enero 29, 2009

Menos restricciones y más placer son las claves de las nuevas dietas.

Los especialistas proponen cambios en los hábitos cotidianos, permisos para comer alimentos “prohibidos” y el objetivo de alcanzar el mejor peso posible en lugar del culturalmente ideal. También se desaconsejan las dietas de bajas calorías.

Durante décadas, la relación con los kilos de más se planteó como una guerra, una larga cadena de batallas en las que el triunfo y la derrota (expresados por una impiadosa balanza) estaban estrechamente ligados a la voluntad, al sacrificio y, sobre todo, a la capacidad de privarse de aquello que nos gusta. Sin embargo, las nuevas tendencias en materia de nutrición cuestionan este abordaje y aseguran que el modelo de las dietas súper restrictivas y los alimentos satanizados no sólo fracasó, sino que derivó en una epidemia de obesidad. Hoy, los expertos consideran que no hay peso saludable sostenido sin habilitar el placer cotidiano en la alimentación, sin una relación más amigable con el propio cuerpo y sin un replanteo de los hábitos que nos entregan al sedentarismo y la “vida chatarra“.

“La mejor prueba de que el modelo de las dietas restrictivas fracasó es el ejército de dietantes (personas que van de dieta en dieta) gordos que hay en el mundo. Está demostrado que privarnos del placer estresa y genera mayor deseo de todo aquello que evitamos”, afirma la doctora Mónica Katz, especialista en Nutrición y autora del libro “No Dieta. Puentes entre la Alimentación y el Placer”.

Según coinciden muchos expertos, las dietas, tal como las concebimos hasta ahora, no funcionan:privarnos de aquello que deseamos sólo prepara para el fracaso. “Basta con ver las estadísticas: el 60% de la población mundial tiene sobrepeso“, dice Katz. “El nuevo modelo promueve pequeños cambios de estilo de vida sostenidos en el tiempo y un abordaje ‘no dietante’, basado en la legalización del placer y en el objetivo de alcanzar el mejor peso posible y no el que la cultura dicta como ideal. Uno debería tratar de ser la mejor versión de sí mismo, y no otro. No debemos seguir odiando nuestros cuerpos”.

Claro que una cultura que eleva el modelo estético “Barbie” no ayuda. Pero Katz se suma a una tendencia que asume una autocrítica y propone revisar los paradigmas vigentes: “La comunidad científica también es responsable de haber arrancado al alimento de su lugar primario y original: la nutrición, el placer y la socialización“, dispara. “Nuestro silencio respecto al hecho de que nacemos con derecho a comer y a sentir placer en ese acto avala la satanización de muchos alimentos y convierte la comida en algo ilícito. Aquello de ‘cerrá la boca y andá al gimnasio‘ no sirve. Por hambrear a la gente terminó ganando la obesidad”.

La doctora Marcela de la Plaza, de la Sociedad Argentina de Nutrición, coincide. “Es el único planteo que sirve para bajar de peso y sostenerlo: el cambio de hábitos y el largo plazo. Lo de la dieta de hambre por un período acotado fracasó; lo de ‘no sirvo para nada, rompí la dieta‘, se terminó. Comiendo bien, sanamente, e incluyendo todos los alimentos, se puede adelgazar. Un plan para bajar de peso puede incluir cremas, chocolates y alcohol. En su justa medida y en función de cada caso, un planteo nutricional saludable no debe siquiera evitar el kiosco: basta con aprender a elegir qué comprar. Si uno muere por el chocolate, una golosina de 25 gramos (por ejemplo un chocolate), engorda lo mismo que una manzana. Lo importante es organizar una rutina de alimentación”.

Aun en el caso de personas obesas, los expertos aseguran que la dieta de hambre no sirve, porque el “efecto rebote” se repite casi sin excepciones. “Las dietas están hechas para romperlas: son una invitación al descontrol”, dice la especialista en obesidad Ana Cappelleti. “Es necesario empezar a discriminar el sobrepeso que afecta la salud de lo que podríamos llamar ‘obesidad cultural‘, ligada a los estrictos cánones de belleza vigentes. Cada uno tiene un peso de tendencia: la búsqueda del ‘peso ideal’ debería ser el mejor ‘peso posible’ para uno, comiendo con moderación y siendo activo”.

El nuevo paradigma no reduce los objetivos a la pérdida de peso: “Tan importante como adelgazar es mejorar las enfermedades asociadas al sobrepeso y la obesidad“, subraya Cappelletti. La balanza importa, claro, pero no más que el “estado de situación” que alumbran los análisis clínicos y no más que la calidad de vida que regala un cuerpo saludable.

Se trata de “verse bien” y, sobre todo, de “sentirse bien“, combo que podría resumirse en el concepto de “bienestar“, un marco que no sólo no excluye el disfrute, sino que lo vuelve indispensable.

“Se puede adelgazar y tener un cuerpo cómodo y sano sin caer en el dietismo crónico ni en los trastornos alimentarios. El alimento es un placer primario que no deberíamos perder“, dice Katz. Las sociedades que conservan ese lugar para la alimentación tienen una prevalencia de obesidad menor, asegura. “Los franceses, por ejemplo, reyes de lo gourmet y de una cultura culinaria basada en ‘poco, pero bueno’, tienen sólo 10% de obesidad en la población adulta. No es desde la privación que se le gana al sobrepeso”. Ya no.

Actividad física, a examen
Para el nuevo abordaje, el peso saludable no obliga a excederse con el ejercicio ni a obsesionarse con el gimnasio. “Esos raptos no duran“, dicen los expertos, y proponen acercarse a la actividad física también desde otro lugar. “El lugar del ejercicio, en el enfoque ‘no dietante’, está asociado a la calidad de vida, al placer del movimiento, al bienestar. Nos corremos de la idea de ‘quemar calorías para poder comer‘: fomentar la obsesión no sirve”, aconseja Katz. “No es cierto que la única actividad física válida para perder peso es la aeróbica. Cualquier movimiento implica gasto de energía, y todo combustible que se use no podrá ser almacenado. Empiece por salir del sedentarismo moviéndose todo lo que pueda y cuando pueda. Después vendrá el objetivo de encontrar un ejercicio adecuado y disfrutable para usted”.

Cómo es el nuevo modelo
Los expertos aseguran que las dietas de menos de mil calorías diarias no son efectivas a largo plazo. “Una dieta para bajar de peso no debe proveer menos de 1.200 calorías, que es el umbral mínimo saludable, porque ante el déficit calórico el organismo genera un mecanismo de defensa que consiste en funcionar en ‘modo ahorro‘, y el metabolismo se vuelve más lento para gastar menos calorías”, explica Katz. “Decir que las dietas no funcionan no implica dejar libradas a nuestro antojo las ganas de comer, la calidad y la cantidad de alimentos: hablo de encontrar un estilo alimentario saludable, de un abordaje basado en la posibilidad de postergar el deseo y en el elogio del placer”.

Para Marcela De la Plaza, “es clave organizar una rutina de alimentación en casa y en el trabajo. Cuando salgo, disfruto: no son las excepciones las que nos vuelven gordos. Si tenemos sobrepeso es por cómo nos alimentamos todos los días, y no porque comamos en una fiesta. Hay que romper la asociación entre placer y exceso”, dice. En el nuevo marco, importa menos la “comida chatarra” que la “vida chatarra” (comer a las corridas, no desayunar, abusar del delivery, entregarse al sedentarismo y el estrés). “Un plan para adelgazar sin postre ni sándwiches es imposible de sostener. Lo importante es no sentirse a dieta“.

Oda a la lechuga
El resultado de una encuesta que revelaba que las mujeres asociaban el placer más con la ingesta de chocolate que con la actividad sexual, en su momento impactó de lleno en el orgullo masculino. Pero no debió sorprender a los nutricionistas 2.0. Sin embargo, habrá que trabajar mucho para cambiar una tendencia que ya lleva décadas: la de millones de mujeres y hombres recitando -como mantras- sus odas a la lechuga y al yogur descremado.

Autor: Georgina Elustondo
Fuente: Clarin.com

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UNA FORMA PLACENTERA DE CUIDAR EL CORAZON

enero 21, 2009

Consejos para proteger el corazón: higiene dental, adoptar la dieta mediterránea y hacer ejercicio.

NUEVA YORK – Muchas medidas para proteger al corazón pueden resultar familiares -no fumar, controlar el colesterol y la presión arterial, hacer ejercicio en forma regular o mantenerse en un peso saludable-, pero existen otras que podrían sorprenderlo.

No es que los viejos consejos sean malos, sino que estaban basados en la mejor evidencia disponible, y todavía pueden ser de mucha ayuda. Pero a medida que se develan las razones bioquímicas de la mayoría de los ataques cardíacos, los consejos para evitarlos también están cambiando.

Y, es bueno saberlo, los nuevos consejos sobre dieta y ejercicio son menos rígidos. La comida es sabrosa, fácil de preparar y relativamente barata, y no hay que transpirar una hora al día para obtener beneficios del ejercicio.

Los factores de riesgo para la enfermedad cardíaca siguen intactos: colesterol elevado, hipertensión, fumar, diabetes, obesidad abdominal y sedentarismo. Pero detrás de ellos hay factores relativamente nuevos que quizá sean incluso más importantes como causas de ataques cardíacos, como por ejemplo la proteína C reactiva.

Este marcador de inflamación, junto con los factores de coagulación, cada día tiene más reconocimiento como causa del taponamiento de las arterias que llevan sangre al corazón. Una persona con colesterol normal, pero con proteína C reactiva elevada, presenta riesgo de sufrir un ataque cardíaco.

Dieta mediterránea

Los nuevos consejos dietarios están basados en una viejo hallazgo que precede al mantra de comer alimentos con bajo contenido de grasa. En el Estudio de Siete Países, publicado en 1970, sus autores hallaron que la enfermedad coronaria era más rara en Asia y en el Mediterráneo, donde los vegetales, los granos, las frutas y el pescado constituían la base de la dieta.

En contraposición, los países con las dietas con más carne roja y otros alimentos ricos en grasas saturadas presentaban tasas epidémicas de enfermedad coronaria. El hallazgo dio lugar a la ya conocida recomendación de reducir la ingesta de grasas, en especial las saturadas, y de reemplazarla por grasas no saturadas.

Lo que en ese momento no se tomó en cuenta es que la dieta mediterránea no tiene un bajo contenido de grasas, sino que sus principales fuentes de grasa -aceite de oliva, peces de aguas profundas, nueces, granos y ciertos vegetales- ayudan a prevenir la enfermedad coronaria al mejorar el colesterol y reducir la inflamación.

Recientes estudios han confirmado sus beneficios cardiovasculares, y han mostrado que esa dieta mejora seis marcadores distintos de inflamación y de coagulación, incluyendo la proteína C reactiva.

“La dieta mediterránea es fácil de adoptar: la comida es deliciosa y sus ingredientes se hallan en cualquier verdulería -dijo el doctor Michael Ozner, director del Instituto de Prevención Cardiovascular de Florida-. Uno debe preparar la mayor parte de las comidas, pero a medida que uno reduce la presencia de alimentos procesados, uno también reduce la inflamación.”

Entre los alimentos que reducen los marcadores de inflamación arterial están los pescados de aguas frías, como el salmón, el atún o la caballa, las semillas de lino, las nueces y el aceite de canola. Ozner recomienda cocinar con aceite de canola y dejar el aceite de oliva -más caro- para las ensaladas. Otros integrantes de la dieta mediterránea -los vegetales, las frutas y el vino tinto– poseen propiedades antioxidantes que ayudan a prevenir el colesterol malo.

Numerosos estudios recientes vinculan la enfermedad periodontal con un riesgo mayor de enfermedad coronaria, debido a que las enfermedades de las encías dan lugar a una inflamación crónica. Por eso, una buena higiene dental puede proteger el corazón tanto como los dientes.

Reducir el estrés crónico también es otro factor importante. El estudio Interheart, que observó el efecto del estrés sobre 27.000 personas, halló que éste duplicaba el riesgo de sufrir un ataque cardíaco. Practicar técnicas de relajación una o dos veces al día -como respirar profunda y rítmicamente con los ojos cerrados- pueden ser de gran utilidad. Ozner también recomienda la meditación, el yoga, rezar, la autohipnosis, reír, dormir la siesta, sacar a pasear al perro, tener un hobby y hacer ejercicio.

Hay estudios que muestran que bastan 15 minutos de ejercicio, cinco días a la semana, para reducir un 46% el riesgo cardíaco.

Autora: Jane E. Brody

Fuente: The New York Times

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MENOS CARNE = MAS SALUD

enero 16, 2009

ESTUDIO DE ESPECIALISTAS EN NUTRICION

Por: Graciela Gioberchio

Los argentinos comen muy mal: exceso de carne y poca verdura

Según la FAO y la UBA, se come un 75% más de carnes rojas de lo recomendado y un 46% menos de verduras.

La mala alimentación tiene como consecuencia directa los problemas cardiovasculares, principal causa de muerte en el país.

“Hay que cambiar la mesa de los argentinos“, piden los expertos. Se refieren a una dieta en crisis, en la que abundan la carne vacuna, los fideos, el pan y el aceite de girasol. Y a la que le faltan verduras, frutas y lácteos. Lo dicen porque los argentinos comen 75% más de carne vacuna de lo que deberían; 66% más de aceite de girasol y 59% más de harinas, pan y cereales de lo que indica una dieta saludable. En cambio, consumen 50% menos de frutas, 46% menos de verduras y 25% menos de leche.

Las cifras surgen de un informe elaborado por los nutricionistas Sergio Britos y Agustina Saraví, en el marco del Programa de Agronegocios y Alimentos de la Facultad de Agronomía de la UBA. Se basan en estadísticas para la Argentina de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y en estimaciones del Programa de la UBA.

Argentina es el país del mundo donde se come más carne vacuna y su consumo sigue subiendo. Hoy se demanda más carne que en los años 90. “En esa década el consumo era de unos 50 kilos por persona por año y hoy estamos en 70 kilos: un 40% más”, informa Britos.

“En tanto -apunta el especialista- el consumo de frutas y hortalizas viene bajando lenta pero sostenidamente en los últimos 30 años”.

Cómo se compone la dieta de los argentinos no es un tema menor. Sucede que una inadecuada alimentación no sólo conduce a la obesidad, al aumento del colesterol y de la diabetes, sino que incrementa notablemente las enfermedades cardiovasculares. “Esta es la principal causa de muerte y de discapacidad en el país”, advierte la cardióloga Liliana Grinfeld, presidenta de la Fundación Cardiológica Argentina.

El desequilibrio de los platos no es sólo una cuestión de los adultos. El mismo desbalance se observa en la dieta infantil: mucha carne, fundamentalmente vacuna, alimentos de alta concentración de grasas y azúcares; pocas verduras, frutas, granos, legumbres y leche.

Se come mucho de lo que hace mal y poco de lo que hace bien ¿Por qué? “No es sólo una cuestión de cómo está compuesta la dieta: se trata de hábitos y conductas que sólo podrán cambiarse con políticas públicas efectivas”, asegura Grinfeld.

Britos y Saraví reclaman la implementación de “buenas prácticas nutricionales“, por parte de las empresas y del Estado, para mejorar la producción de los alimentos y también la comunicación a los consumidores. El informe -presentado recientemente en el II Simposio de Agronegocios y Salud en la Bolsa de Cereales- destaca, sin embargo, que algunas empresas líderes han adoptado o están en camino a disminuir las grasas trans (están en productos que contienen aceites hidrogenados), el contenido de sodio y a fortificar los alimentos con distintos nutrientes. Y que desde el Estado se trabaja en el mejoramiento de la oferta de los comedores y kioscos escolares y en la claridad de la información nutricional de las etiquetas de los alimentos.

“Pero al analizar las políticas públicas en Argentina se observa que aún no se ha abordado integralmente la cuestión de la alimentación saludable. Poco o casi nada se ha avanzado desde el anuncio del plan del Ministerio de Salud que contempla la promoción de la educación alimentaria“, asegura Britos, quien además es director asociado del Centro de Estudios sobre Nutrición Infantil (CESNI).

Y brinda un ejemplo: “Las acciones de la industria (disminución de grasas trans, agregado de fibras, etc.) surgen de su propia iniciativa más que como resultado de una política pública definida”.

En el Ministerio de Salud explican que el Plan Nacional Argentina Saludable -así se llama- fue presentado en octubre y abarca distintas acciones de promoción de una vida sana que, según explican, antes (en la gestión anterior) iban por caminos separados. Son tres pilares: practicar actividad física para combatir el sedentarismo, comer saludablemente para no enfermarse, y no fumar y evitar el humo del tabaco en el hogar, el trabajo y otros ambientes.

“En estos temas todo lo que se hace parece poco. Sucede que son resultados a largo plazo”, aclara Sebastián Laspiur, coordinador del Plan. “Buscamos que la gente camine, ande en bicicleta, baile, se mueva; que baje el consumo de sal y grasas, que coma más verduras y frutas; y que no fume ni deje fumar en su casa o en su trabajo”.

Anuncian otra encuesta de factores de riesgo

Una alimentación inadecuada es uno de los factores de riesgo que provoca enfermedades cardiovasculares. Para conocer a fondo esta incidencia, en abril de 2009 el Ministerio de Salud lanzará la Segunda Encuesta Nacional de Factores de Riesgo. La primera fue en 2005 y arrojó que el 49% de los argentinos tiene sobrepeso u obesidad.

“Estas encuestas son un insumo vital para diseñar y evaluar políticas efectivas. Y con la posibilidad de comparar los resultados en un lapso de cuatro años se podrá identificar qué aspectos mejoraron y cuáles no”, dijo a Clarín Sebastián Laspiur, coordinador del Plan Nacional Argentina Saludable. Para sumar 30 minutos diarios de movimiento, comer más frutas y verduras y dejar el cigarrillo, en noviembre se hizo la campaña “100.000 corazones para un cambio saludable“. Y ya está en marcha la elección de las instituciones y empresas saludables. “Serán las que fomenten, por ejemplo, la buena alimentación de sus empleados o alumnos”, apuntó Laspiur. Más información en http://www.msal.gov.ar/argentina_saludable.

Consejos

Elegir pescados tipo atún al natural, rodajas finas de pechuga de pollo o de peceto y muchas ensaladas con muzzarella magra, mayonesa light y aceite de oliva.

De postre se puede optar por frutas frescas con salsa casera de frutos rojos sin azúcar, helados de agua o dietéticos.

Para resistir la tentación, hay que comer despacio y disfrutar la reunión social no gastronómica: conversar, escuchar música, bailar.

Tomar mucho líquido, como agua y bebidas light, y reservar una medida mínima de alcohol para el brindis.

Una foto difícil de cambiar

Adriana Santagati – asantagati@clarin.com

Estas estadísticas confirman lo que muchos sabemos (o al menos intuimos): que comemos mal. Muchas grasas, alimentos que aportan saciedad pero no nutrientes, pocas vitaminas y fibras, y ni mencionar las veces que cenamos o almorzamos corriendo o a cualquier hora. La imagen que nos devuelve esta foto preocupa y va a ser difícil de modificar, al menos en el corto plazo, por varias razones. La primera, económica. Para muchas familias, una dieta saludable no está entre sus opciones, por el alto costo de lácteos y pescado, por ejemplo, frente a las harinas. También hay hábitos arraigados (el consumo de carnes rojas) y cuestiones de desconocimiento (como creer que todo lo “light” no engorda nada). Y, no menos importante, el alienado ritmo de vida: a la noche, después de un día eterno, claro que resulta más fácil “tirar” un bife a la plancha y preparar un puré instantáneo que pensar en ponerse a cocinar un wok de verduras.

Fuente: Diario Clarin

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ESTILO DE VIDA, CANCER Y OBESIDAD

enero 11, 2009


Investigaciones recientes analizan las complejas interacciones que precipitan el desarrollo de tumores. Qué medidas puede adoptar para reducir su riesgo.

Por: Robert Weinberg y Anthony L. Komaroff

Hace tiempo que se sabe que una dieta rica en grasas, la obesidad y la falta de ejercicio pueden elevar el riesgo de enfermedades cardiovasculares y diabetes. Sin embargo, en los últimos años hemos descubierto que esos mismos factores de estilo de vida juegan un rol importante en la aparición del cáncer, lo que en el fondo debería tomarse como una buena noticia. Si adelgaza, hace ejercicio con regularidad, evita las dietas ricas en carnes rojas (las carnes de aves, el pescado y las verduras son excelentes fuentes de proteína), consume más frutas y verduras, y deja de fumar, podría prevenir en un 70 por ciento todas las formas de cáncer.

Las pruebas más contundentes sobre la importancia que tiene el estilo de vida en el cáncer es que las neoplasias o tumores más comunes tienen una tasa de incremento distinta en diferentes partes del mundo. Varios cánceres frecuentes en la población estadounidense, como los de colon, próstata y mama, son raros en otras regiones del planeta y se presentan con una décima o un vigésima parte de la frecuencia con que lo hacen en EE. UU.

Otro hallazgo es que cuando las poblaciones de otros lugares del orbe emigran a EE. UU., en solo una generación su tasa de cáncer se acerca a la de familias que han vivido en ese país por mucho tiempo. Incluso quienes permanecen en su patria, pero adoptan el estilo de vida de otros lugares, presentan un mayor riesgo de cáncer: a medida que los japoneses han incorporado las costumbres occidentales, sus tasas de cáncer de colon, mama y próstata se dispararon.

¿Qué hay en el estilo de vida estadounidense que eleva el riesgo de muchas formas de cáncer? Al parecer, los principales responsables son la dieta occidental, la obesidad y la inactividad física. Un ejemplo notable de la influencia de la dieta fue publicado el verano boreal pasado en la revista de la American Medical Association, JAMA.

Un grupo de médicos analizó los hábitos de los pacientes con cáncer de colon durante los años posteriores al tratamiento quirúrgico. Observaron que, en los siguientes cinco años, aquellos que consumieron una dieta occidental convencional tuvieron tres veces mayor probabilidad de desarrollar nuevamente el cáncer que quienes consumieron una dieta “saludable”, rica en frutas, verduras y solo pequeñas cantidades de carne roja. ¿Cuál fue el efecto que tuvo la dieta? Fue evidente que la cirugía no logró eliminar todas las células cancerosas del colon; y quizás algunas células se habían desprendido del tumor antes de la cirugía. La dieta occidental lo que hizo fue estimular el crecimiento de esos depósitos de células cancerosas residuales.

Después del tabaco, la obesidad es el segundo factor en importancia para el desarrollo de cáncer en las poblaciones occidentales. Un reciente estudio de la American Cancer Society reveló que las personas de mayor peso, en comparación con las más delgadas, tienen mayor riesgo de morir a causa de 10 tipos distintos de cáncer, en el caso de los varones, y 12 formas diferentes de la enfermedad en mujeres. Los ejemplos más extremos fueron cáncer de hígado en hombres (el riesgo aumentó casi cinco veces) y cáncer uterino en mujeres (más de seis veces mayor). También se sabe que el ejercicio es una protección importante contra ciertas formas de cáncer.

Por ejemplo, el Estudio de Salud de Enfermeras, que siguió la evolución de unas 120.000 enfermeras desde mediados de los años 70, mostró que las mujeres que hacían una o más horas diarias de ejercicio moderado tenían 30 por ciento menos riesgo de cáncer de colon que quienes no se ejercitaban. El ejercicio también protege contra el cáncer de mama. El estilo de vida influye en el riesgo de cáncer porque genera señales que favorecen el crecimiento de células predispuestas a volverse cancerosas o que ya lo son. Y lo que determina esa predisposición es, en primer término, un cambio en sus genes.

Todos los tumores nacen de una célula “renegada”. Al principio, es solo una de unos 30 billones de células que componen el cuerpo. Su aspecto no es distinto al de las células que la rodean y, como ellas, se divide sólo cuando el órgano del que forma parte tiene que dividirse. Pero, aunque el órgano tenga suficientes células, la “renegada” empieza a multiplicarse sin control: una célula se hace dos, dos en cuatro, cuatro en ocho y así sucesivamente. Así, podría afirmarse que el cáncer es una enfermedad de genes que funcionan mal.

Cerca del 10 por ciento de todos los cánceres se desarrollan en personas que heredaron genes que les vuelven vulnerables. En algunos casos, esos genes tienen tal influencia que el riesgo de cáncer es alto. Sin embargo, la mayoría nacemos con genes buenos que han contribuido de manera benéfica al desarrollo de nuestros organismos: al fin de cuentas, los genes tuvieron cerca de 600 millones de años de evolución para optimizarse, así que deben funcionar bien.

Ahora bien, ¿qué causa los diversos cambios genéticos que producen el cáncer? Una posibilidad son las sustancias químicas del ambiente que provocan mutaciones (mutágenos). El mayor ejemplo, sin lugar a dudas, es el humo del tabaco. Sin embargo, otros químicos ambientales sospechados a menudo (como conservantes de alimentos o emisiones de fábricas) no son tan importantes. De hecho, solo de un 1 a un 2 por ciento de los cánceres en los países desarrollados puede atribuirse a esos contaminantes ambientales.

No se sabe precisamente cómo contribuye la dieta occidental a elevar el riesgo de cáncer. Los alimentos que consumimos contienen sustancias químicas que pueden mutar genes y, en consecuencia, podrían provocar cáncer. Por ejemplo, la carne roja cocida a temperatura muy alta genera mutágenos muy potentes denominados aminas heterocíclicas. La comida contiene muchas sustancias químicas que el cuerpo las transforma en otras, de modo que es muy difícil determinar el factor de la dieta occidental que incrementa el riesgo de cáncer. Pero no cabe duda de que lo hay.

Aunque tampoco entendemos por qué la obesidad conduce al cáncer, se cree que los promotores de cáncer podrían tener una función. La obesidad provoca altos niveles sanguíneos del “factor de crecimiento similar a la insulina” (IGF-1): en teoría, esto evitaría que mueran las células cancerosas en estadios tempranos dispersas por todo el cuerpo, debido a que el citado factor inhibe la acción de los genes celulares suicidas.

Asimismo, la inflamación podría explicar la relación entre obesidad y cáncer. La inflamación es un proceso normal que ayuda al cuerpo a prevenir la infección de un tejido y a curarlo cuando sufre una lesión. Las células del sistema inmunológico dirigen la inflamación y algunas de sus herramientas son señales químicas conocidas como citocinas. Muchas veces, la inflamación es breve. Si nos herimos la piel o desarrollamos una infección bacteriana, la inflamación contribuye a reparar la herida o eliminar las bacterias, y desaparece cuando termina su tarea.

Ahora bien, si existe un estado que la inflamación no pueda resolver, entonces se prolonga hasta volverse crónica. El tejido lesionado es atacado por citocinas que promueven el crecimiento y les indican a las células del tejido que sigan multiplicándose para reemplazar a las células lesionadas o destruidas. Pero si alguna de las células madre tiene mutaciones que la volvieron precancerosa, las citocinas que las alientan a multiplicarse pueden subir el riesgo de que comience a desarrollarse un tumor. Por ejemplo, el tejido del estómago puede volverse canceroso cuando sufre una inflamación crónica debido a las bacterias que provocan úlceras gástricas.

Lo mismo ocurre con la mucosa interior de la vesícula luego de muchos años de irritación provocada por cálculos, o con el hígado, tras años de infección por el virus de la hepatitis. ¿Qué tiene que ver la inflamación con la obesidad? Las células grasas sueltan compuestos inflamatorios en la circulación, que pueden estimular el desarrollo de células cancerosas. A mayor sobrepeso, mayor nivel de señales inflamatorias. Y es posible que las citocinas actúen como promotores de cáncer. El ejercicio moderado y regular reduce los niveles sanguíneos de IGF-1 y citocinas, incluso con exceso de peso.

Es posible que el nivel reducido de estos promotores del cáncer explique el efecto protector del ejercicio regular. A su vez, el ejercicio baja los niveles sanguíneos de estrógeno en las mujeres y esto podría ser otro beneficio en la lucha contra el cáncer de mama. Nuestra creciente comprensión de los genes cancerígenos y la influencia de las señales químicas que promueven la formación de tumores ya redundó en nuevas e importantes pruebas diagnósticas y poderosos tratamientos, y habrá más en el futuro.

No obstante, los estudios epidemiológicos sobre estilo de vida y cáncer nos han dado ya armas para reducir el riesgo de esta enfermedad. Aunque no es fácil realizar cambios en el estilo de vida, tampoco es imposible. Cada vez son menos los estadounidenses que fuman; quizás deban pasar otras dos generaciones para disminuir aun más el tabaquismo, mejorar la dieta, y modificar patrones de peso y ejercicio, pero se puede hacer. Si lo consiguen, sus nietos volverán la mirada hacia la actual generación y, rascándose las cabezas, se preguntarán por qué tardamos tanto en escapar de la enfermedad más temida por todos cuando solo hacía falta cambiar la forma en que vivimos la vida.

Weinberg es profesor de la Sociedad Estadounidense de Investigación del Cáncer en el MIT, y miembro del Instituto Whitehead. komaroff es profesor de medicina en Harvard y director de Harvard Health Letter.

Fuente: Diario El Argentino

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LA EPIDEMIA DEL NUEVO SIGLO

enero 4, 2009

“La epidemia del nuevo siglo”, así calificó la Organización Mundial de la Salud a la obesidad. Un mal que cada día afecta a millones de personas.

El comer a deshoras, la comida chatarra, la falta de agua, frutas o verduras o la falta de actividad física son algunas de las razones que causan la obesidad en las personas.

En Estados Unidos la obesidad cobra la vida de 300.000 personas cada año, debido a la diabetes e hipertensión asociadas a la misma.

En este informe de la televisión chilena, vemos un reportaje hecho al prestigioso médico gastroenterólogo el Dr. Mario Rosemberg que es miembro de la junta científica de la empresa Herbalife.

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