¿ES CONTAGIOSA LA OBESIDAD?

Agosto 21, 2007

Los familiares y amigos podrían ‘propagar’ la obesidad. Un estudio sugiere que las normas sociales animan a la gente a tener sobrepeso.

Un amigo no deja que otro se vuelva obeso.

Eso podría ser literalmente verdad, según investigadores de la Harvard que sugirieron en la edición del 26 de julio del New England Journal of Medicine que la obesidad, o una tendencia a la delgadez, es socialmente contagiosa, “propagándose” a través de los lazos sociales.

“Esto refuerza la idea de que debido a que la gente está interconectada, su salud está interconectada”, afirmó el autor del estudio, el Dr. Nicholas A. Christakis, profesor de la Universidad de Harvard. “Toma en serio la unión entre la gente dentro de las redes sociales y da un nuevo significado al concepto de salud pública”.

Aunque esto podría hacer que la gente vea a sus amigos y conocidos de forma distinta (tanto a los gordos como a los delgados), el valor real de la investigación es que apunta a nuevas maneras para combatir la creciente epidemia de sobrepeso y obesidad, afirmaron los expertos.

“Tratar de resolver el problema a nivel individual ha resultado muy difícil y podría ser porque no estamos dirigiéndonos a la red, que podría ser la familia, el vecindario, la comunidad o la escuela”, señaló el Dr. Julio Licinio, presidente del departamento de psiquiatría y ciencias conductuales de la Facultad de medicina Miller de la Universidad de Miami. “Es una forma fascinante de ver el problema y podría ser un excelente motivo por el cual los tratamientos han sido tan difíciles, porque sólo nos dirigimos a un miembro de la red”.

“Saca a la luz otro componente del ambiente que influencia la obesidad”, añadió el Dr. Samuel Klein, director del Centro de nutrición humana de la Facultad de medicina de la Universidad de Washington en San Luis. “Habría que probarlo, pero sugiere que, para ser efectivo en el tratamiento de la obesidad, tenemos que tratar no sólo a la persona obesa, sino también a la red social”.

Los expertos afirmaron que es probable que el estudio se vuelva un clásico.

El tema no es poco preocupante, dado que la obesidad se ha vuelto un grave problema de salud pública en los Estados Unidos y otros países occidentales. Según la información de fondo del artículo, dos tercios de los adultos estadounidenses tienen ahora sobrepeso y la prevalencia de la obesidad ha aumentado de 23 a 31 por ciento.

Se han sugerido diversas explicaciones sobre la epidemia, entre ellas que se hace menos ejercicio y se come más. Pero como la epidemia es tan general y afecta a todos los grupos socioeconómicos, probablemente haya varias explicaciones sociales y ambientales para el fenómeno, señalaron los expertos.

Los autores especularon que la ubicuidad de las redes sociales y la inclinación natural de las personas a dejarse influenciar por la apariencia y conductas de los que los rodean, sugieren que el aumento de peso en una persona podría fomentarlo en otras. Tener contactos sociales de cierto peso podría también causar que uno adopte ciertas conductas o las conductas de los demás podrían incluso estimular ciertas partes del cerebro, como las que se relacionan con la ingesta de alimentos.

Para investigar esta teoría, los autores de este estudio evaluaron a más de 12,000 personas socialmente interconectadas de Nueva Inglaterra que habían participado en el Estudio cardiaco de Framingham, una histórica iniciativa cuyo objetivo era descubrir las causas de la enfermedad cardiovascular. Como parte del estudio, los individuos se sometieron a medidas repetidas, entre ellas el índice de masa corporal (IMC) durante más de tres décadas. Al inicio del estudio, se pidió a los participantes que identificaran a sus amigos para propósitos de seguimiento.

Los investigadores encontraron que la gente flaca y gorda tendía a agruparse y que los conglomerados se extendían a tres grados de separación. En otras palabras, usted es obeso, igual que el amigo del amigo de su amigo o la hermana del cónyuge de su amigo.

Además, las probabilidades de que una persona se volviera obesa aumentaban en 57 por ciento si tenía un amigo que se volvía obeso durante un cierto periodo de tiempo. Si las dos personas eran amigas mutuas, las probabilidades aumentaban a 171 por ciento.

Y si un hermano adulto se volvía obeso, las probabilidades de que el otro hermano también lo hiciera aumentaban en 40 por ciento.

El matrimonio también importaba. Si un cónyuge se volvía obeso, el otro tenía un aumento de 37 por ciento en las probabilidades de hacer lo mismo.

El estudio halló que las redes sociales eran más importantes que la localización geográfica. En otras palabras, la persona con la que usted tiende a reunirse es más influyente en cuanto al peso que su vecino de al lado.

Las personas del mismo sexo tenían una mayor influencia entre sí que las personas del sexo opuesto, halló el equipo.

Finalmente, los investigadores encontraron que la tendencia entre los estadounidenses a dejar de fumar no daba cuenta del aumento en la obesidad dentro de una red dada.

Según los autores del estudio, el fenómeno tiene muchos más factores que las similitudes en el estilo de vida y el ambiente, según lo prueba el hecho de que las redes sociales son más importantes que la geografía. Dos explicaciones probables son la diseminación de las conductas y la diseminación de las normas sociales. La evidencia apunta más a lo último.

“Hasta cierto punto, esto me recuerda a la presión del grupo, cuando queremos encajar en un grupo particular”, apuntó el Dr. Juan Castro, director del Centro de educación de la salud Coastal Bend del Centro de ciencias de la salud Texas A&M de Corpus Christi.

Christakis estuvo de acuerdo. Cuando el sobrepeso o la obesidad se hacen normales en un círculo social dado, las personas podrían ser más propensas a hacerse obesas. En otras palabras, ejemplificó, “si veo que engordas, entonces yo también puedo engordar”.

El hallazgo podría apoyar los esfuerzos de ofrecer educación sobre la nutrición en el lugar de trabajo, donde muchas personas hacen amigos, señaló Castro. También habrían beneficios en dirigir las intervenciones al miembro de la familia que está a cargo de la compra y preparación de los alimentos, añadió.

Por: Amanda Gardner
Reportera de Healthday
Fuente: www.cdc.gov/spanish/default.htm


TIEMPO LIMITE: ATAQUE CEREBROVASCULAR

Julio 2, 2007

Domingo 01 de Julio de 2007 | Viva | Clarín | 68  

El ataque cerebrovascular es la segunda causa de muerte en el mundo. Se vincula con la hipertensión, la obesidad y el tabaquismo, pero puede darse en personas sanas.

La consulta inmediata ante los síntomas puede cambiar el pronóstico. “Tiempo es cerebro” Así definen los médicos dedicados a las  neurociencias la importancia de una consulta inmediata cuando aparecen los síntomas de una enfermedad muy frecuente pero que pocos pueden reconocer: el ataque cerebrovascular. “Tiempo es cerebro”, repiten, cuando precisan que en las primeras seis horas de producido el accidente cerebrovascular (ACV) se define el pronóstico del paciente afectado por una patología que es de alta mortalidad dos de cada diez personas que sufren este tipo de lesión no sobreviven o deja secuelas neurológicas importantes y muchas veces invalidantes.

“Tiempo es cerebro” significa que cada minuto que pasa se van muriendo neuronas.

La enfermedad cerebrovascular es la segunda causa de muerte en el mundo y se calcula que en nuestro país se producen alrededor de 100.000 nuevos episodios por año. Ataque, accidente o stroke (la denominación en inglés) son sinónimos de una afección que se desencadena por una alteración en la circulación sanguínea cerebral, ya sea porque una arteria se tapa y ocasiona un infarto cerebral (o isquemia) o se rompe y provoca una hemorragia.

Como consecuencia del bloqueo o rotura, el cerebro no recibe el aporte de oxígeno y las neuronas, después de un determinado tiempo, dejan de funcionar causando un daño cerebral. De estos dos grupos, el más frecuente es el infarto. Cada 100 pacientes que tienen un ACV, 80 son isquémicos y 20, hemorragias cerebrales.

Ante un fuerte dolor en el pecho, nadie dudaría en dirigirse a un cardiólogo o una guardia médica. Los síntomas del accidente cerebral también a veces son reconocidos por los pacientes, pero no como causa de un evento cerebral. “Si una persona tiene problemas para hablar o entender, si se le nubla la vista, se le duerme un brazo o mueve con dificultad las extremidades, puede estar sufriendo un ataque cerebrovascular.

La gente desconoce esto y probablemente se vaya a dormir en lugar de consultar en el acto”, explica Raúl Rey, profesor en neurología de la UBA y jefe de Enfermedades Cerebrovasculares del Hospital Ramos Mejía.

Eso hizo Rubén Couyoupetrou (52). Asistía a un curso, y repentinamente se le cayó la birome de la mano. Cuando intentó levantarla, su brazo no le respondía. Fue al baño, se miró en el espejo y vio que su cara se desplazaba hacia un costado.

“Llegué a casa y le dije a mi mujer: `Me siento mal. Y me acosté“, rememora. Los síntomas estaban ahí a la mañana siguiente.

Decidió ir a una clínica, de la que regresó luego de 15 días de internación, con secuelas en la movilidad del brazo y trastornos en el habla. El estrés le había producido una suba de presión, origen del ataque cerebral. El movimiento del brazo lo recuperó rápidamente; 

Margarita Pareja 60 detectó el ataque cuando intentó leer el diario y las letras parecían bajo agua.

la palabra, más despacio. ”¿Me podés repetir?”, era la frase que escuchaba a menudo. “Te sentís mal, sos consciente de lo que está pasando”, recuerda. A diez años, ya restablecido, sigue haciendo los deberes: caminatas, medicación antihipertensiva y dieta equilibrada. “O abrís los ojos o te volvés a caer”, sintetiza.

ENEMIGOS INTIMOS
Aunque puede presentarse en pacientes con buen estado de salud, el ACV suele ser el resultado de una enfermedad de años. La hipertensión arterial, el tabaquismo, el colesterol alto, la obesidad y la vida sedentaria son los factores de riesgo, que, al igual que en la enfermedad coronaria, predisponen a padecer un episodio. “Una persona hipertensa tiene 20 veces más posibilidades de sufrir un ACV, porque con el correr de los años, sus arterias se van estrechando y se tapan o se rompen”, explica Raúl Rey.

Amelia Melfi (62) lamenta haber desoído las señales de alerta. Sentía al caminar un gran dolor en las piernas y no vigilaba su presión. Una mañana, al despertarse llamó a su perrita, pero notó que no articulaba bien las palabras. Intentó levantarse, pero había perdido fuerza. Logró alcanzar el teléfono y llamar a su hija.

“Cuando llegué al hospital, el lado izquierdo no me respondía”, evoca. Los análisis revelaron que tenía presión alta, colesterol, diabetes y arterias tapadas. Fue hace un año. Amelia habla sin dificultad y –rehabilitación mediante–, está volviendo a caminar, aunque aún no puede mover el brazo.

Rubén y Amelia comparten un temor frecuente: que suceda un nuevo episodio. “Para prevenir un nuevo ataque, la persona tiene que hacer cambios en su estilo de vida”, indica Rey. Si bien la enfermedad afecta más a quienes rondan la quinta o sexta década, por el estrés está apareciendo en personas más jóvenes.

MUCHO POR HACER
“Ante un ataque cerebral, la gente piensa que no hay nada que hacer, porque durante años hubo cierto nihilismo terapéutico instalado en los médicos. Hoy las posibilidades son muchas, tanto en el transcurso del ataque, después del evento o para prevenir otros episodios”, precisa el neurocirujano Pedro Lylyk, director del Equipo de Neurocirugía Endovascular y Radiología Intervencionista (ENERI).

El profesional destaca la trascendencia de los avances tecnológicos que –desde los primeros tomógrafos hasta la resonancia magnética– hoy permiten saber con gran definición qué está pasando en el cerebro y cómo actuar velozmente. “Si hay un hematoma, evacuarlo, y si falta sangre, destapar esa arteria para que no se lesionen las neuronas”, resume.

El Instituto Médico ENERI presentó en febrero el primer simulador virtual en intervenciones endovasculares. Son computadoras que imitan el cuerpo humano, preparadas con software de patologías determinadas, que se emplean para entrenar a médicos.

“Esta simulación se inicia el año pasado. Como la institución es un centro de entrenamiento para Latinoamérica, el simulador nos permite preparar a médicos en técnicas específicas. Es una réplica en escala real y sin riesgos para el paciente”, especifica Lylyk.

Sin embargo, faltan en el país sistemas de evacuación, helicópteros y ambulancias preparadas con tomógrafos, y no hay suficientes unidades de stroke, lugares físicos de cuidados homologables a las unidades coronarias. En el ámbito público sólo existe una en el Hospital Ramos Mejía. “En otros hospitales hay grupos especializados de médicos, pero no poseen un área de internación diferenciada”, dice Raúl Rey.

Para Pedro Lylyk, es preciso también contar con médicos capacitados para la emergencia: “Cuando se tapa una arteria, la presión sube. Es una reacción fisiológica que ayuda a que llegue sangre por una vía colateral y que el cerebro no se termine de infartar”. Aclara que, en ese caso, la presión alta es la consecuencia, no la causa de lo que está sucediendo. “En la mayoría de las guardias, tratan de bajarle la presión al paciente y empeoran su situación”, dice, y puntualiza que

Amelia Melfi 62 ignoró los síntomas. Hoy se recupera gracias a la rehabilitación.

“cuanto más sepan los médicos, mejor le va a ir a la gente”.

VERDAD–CONSECUENCIA
Luego de 7 años, Margarita Pareja (60) recuerda la mañana de enero cuando se levantó y se puso a leer el diario. “Algo no andaba bien –cuenta–. Las letras tenían como agua. Estaba mareada y con la sensación de estar en otro lugar.”

Ya en el sanatorio, le detectaron un pico de presión alta, algo que su salud desconocía.Salió del lugar horas después, con medicación y la orden para una resonancia magnética. Una semana más tarde, escuchó del médico: “Usted tuvo un derrame cerebral”. Con lágrimas en los ojos, Margarita alcanzó a decir: “Y ahora, ¿qué?”. Con el tiempo, pudo recuperarse totalmente.

“Mi historia es un milagro”, dice.

Hoy, controla su presión, camina y hace gimnasia. Dedica sus días a la pintura, a pasear con sus nietos y a disfrutar de los amigos y la familia. “Siempre fui hiperactiva, pero tuve que aprender a parar. Trato de ser sensata, quiero vivir”, concluye.Margarita fue afortunada. Cinco de cada diez pacientes que sufren un ataque cerebral quedan con secuelas motoras como la hemiplejía –parálisis en una parte del cuerpo–, trastornos en el habla, en la comprensión o cognitivos, entre las más frecuentes.

Estas consecuencias dependen de la extensión de la lesión y de su localización. Si está ubicada en una parte importante del cerebro, pequeñas lesiones pueden producir importantes secuelas.Es probable que el paciente no retorne a su vida laboral, con el impacto económico –es una enfermedad que tiene un alto costo médico– y emocional que eso produce en el paciente, la familia y la sociedad. Razones de más para prevenir antes que curar.

Fuente: Revista Viva  (Diario Clarín)


ARGENTINA: MAS CHICOS OBESOS

Junio 25, 2007

Tres de cada diez chicos son obesos o tienen sobrepeso.

Tienen entre 6 y 11 años y son de clase media y alta. Es porque comen mientras ven televisión, abusan de la comida chatarra y ya no corren ni juegan en las plazas por la inseguridad. 

Más de una vez se habló de los “chicos gordos de la pobreza”, aquellos niños de pancitas infladas a fuerza de guisos, harinas, sopas y polentas. Pero el problema de los menores con sobrepeso no se agota en los sectores más bajos. Un reciente estudio a nivel nacional revela que 3 de cada 10 chicos de clase media y alta son obesos o tienen sobrepeso. ¿Las causas? Ven demasiada televisión mientras comen, abusan de la comida chatarra y han perdido los juegos y corridas en plazas y veredas a causa de la inseguridad.

Así lo refleja un estudio realizado por la consultora Markwald, La Madrid y Asociados, que entre setiembre y noviembre del año pasado relevó los hábitos alimentarios de 1.500 chicos de entre 6 y 11 años de sectores medios y altos de la Capital Federal, el Gran Buenos Aires, Rosario, Córdoba y Mendoza. “El estudio se hizo en el marco de una investigación mayor sobre consumo infantil, que se llevó a cabo en distintos países de Latinoamérica. Como en estudios anteriores había surgido un temor recurrente a ser gordo , decidimos sumar algunas preguntas sobre el tema. Y la verdad es que las respuestas nos sorprendieron”, dice la socióloga Mónica La Madrid, a cargo de la investigación.

Además de revelar que el 32% de los chicos argentinos de hogares con buen nivel adquisitivo son obesos o tienen sobrepeso y corren riesgo de serlo, el estudio alumbró costumbres que llamaron la atención de los expertos.
“Encontramos, por ejemplo, que el hábito de mirar televisión mientras se come es mucho más fuerte en nuestro país que en el resto de Latinoamérica —apunta La Madrid—. También, que los chicos obesos usan menos Internet y juegan menos a los video- juegos que los chicos que no tiene problemas de peso; y que, en Argentina, no hay relación entre sobrepeso y madre que trabaja fuera del hogar, algo que sí ocurre en otros países”, explica.

Para el estudio completo se entrevistó a 6.534 chicos con sus padres, quienes informaron sobre el peso y la talla de sus hijos. Y se encontró que México es el país con mayor porcentaje de niños con sobrepeso (46%), y que Colombia es el menos afectado (27%). También, que los problemas de obesidad disminuyen a medida que los niños crecen y “pegan el estirón” (alrededor de los 10 años), y que a los niños criollos les preocupa menos “estar gorditos” que a sus pares de los países vecinos.

A su vez, como tantos otros estudios, las conclusiones de esta investigación vuelven a insistir sobre los peligros del sedentarismo. Pero advierten sobre una curiosa diferencia: “Hay una asociación entre obesidad y largas horas frente a la tele , pero no ocurre lo mismo con Internet y los video- juegos. Los chicos obesos usan menos la Web y los videos que los que no tienen exceso de peso. Pasa lo mismo que con la lectura: son actividades pasivas, pero suponen personalidades más inquietas“, asegura La Madrid.

El televisor parece ser el enemigo público número uno de la vida sana. Y por más de un motivo: “El 74% de los chicos con sobrepeso y el 81% de los obesos reconocieron que miran televisión mientras comen en familia, cifras que superan a las de otros países. Esto habla de una desestructuración de la comensalidad histórica, de una forma de comer en la que los padres ya no cumplen la función de educar y controlar como lo hacían antes”, dice La Madrid.

El doctor Horacio Yulitta, especialista en Medicina del Deporte Infanto-Juvenil de la Sociedad Argentina de Pediatría, coincide: “Antes, el momento de la comida era un espacio de encuentro familiar en el cual se cumplían ciertos rituales. Se esperaba para comer todos juntos, se servía ordenadamente y se transmitían modales y costumbres: los padres miraban cómo comían sus hijos y enseñaban a comer. Hoy se come a las apuradas, sin límites de ningún tipo (los chicos hasta eligen qué se come) y en silencio. El televisor copa la escena y la comida deja de ser lo principal; se come más y mal y se pierde el saborear, el disfrutar y el compartir“, dice.

Entre los culpables de la obesidad, el estudio también destaca “la pérdida del espacio público como ámbito de juego debido a la peligrosidad de la calle” y la incorporación de tecnologías que fomentan los juegos pasivos en el hogar.

“La inseguridad dejó a los chicos sin vereda y sin plaza. Hoy se juega en lugares estructurados y cerrados, como los peloteros, donde no hay espacio para lo creativo —opina Yulitta—. Y también se perdió el patio del colegio: por temas legales o de seguros o porque los padres se quejan si el chico tiene un raspón, está prohibido correr en el patio. Es insólito: pasan el día entero en la escuela y no pueden, siquiera, jugar a la mancha en el recreo”.

Por supuesto que el acceso, casi cotidiano, a alimentos procesados, de alto contenido graso y calórico, también aporta lo suyo. “La comida chatarra y el sedentarismo son un peligro para los chicos. Es fundamental enseñarles a comer a las nuevas generaciones, pero no es fácil. En los quioscos de los colegios no venden alimentos sanos, ni siquiera yogures. Sólo pueden comprar golosinas y eso no ayuda”, dice la doctora Edith Barinaga, directora de ALCO.

Del estudio surge, también, otro dato que acerca alivio a las madres multifunción de la nueva era. “En Argentina no se comprobó la asociación entre la madre que trabaja fuera del hogar y la obesidad, como sí ocurre en otros lugares. Acá hay más obesos en estructuras familiares tradicionales, con mamás sin trabajo remunerado”, dice La Madrid.

Para la nutricionista Magdalena Bauschen, para ayudar a un hijo con problemas de peso nada mejor que el ejemplo de los padres. “Si no comen verdura los chicos tampoco lo harán. Y son ellos los que deben apagar el televisor y destacar que el momento de la comida es un espacio para compartir y para nutrirse”.

Fuente: Gordos.com