Menos restricciones y más placer son las claves de las nuevas dietas.
Los especialistas proponen cambios en los hábitos cotidianos, permisos para comer alimentos “prohibidos” y el objetivo de alcanzar el mejor peso posible en lugar del culturalmente ideal. También se desaconsejan las dietas de bajas calorías.
Durante décadas, la relación con los kilos de más se planteó como una guerra, una larga cadena de batallas en las que el triunfo y la derrota (expresados por una impiadosa balanza) estaban estrechamente ligados a la voluntad, al sacrificio y, sobre todo, a la capacidad de privarse de aquello que nos gusta. Sin embargo, las nuevas tendencias en materia de nutrición cuestionan este abordaje y aseguran que el modelo de las dietas súper restrictivas y los alimentos satanizados no sólo fracasó, sino que derivó en una epidemia de obesidad. Hoy, los expertos consideran que no hay peso saludable sostenido sin habilitar el placer cotidiano en la alimentación, sin una relación más amigable con el propio cuerpo y sin un replanteo de los hábitos que nos entregan al sedentarismo y la “vida chatarra“.
“La mejor prueba de que el modelo de las dietas restrictivas fracasó es el ejército de dietantes (personas que van de dieta en dieta) gordos que hay en el mundo. Está demostrado que privarnos del placer estresa y genera mayor deseo de todo aquello que evitamos”, afirma la doctora Mónica Katz, especialista en Nutrición y autora del libro “No Dieta. Puentes entre la Alimentación y el Placer”.
Según coinciden muchos expertos, las dietas, tal como las concebimos hasta ahora, no funcionan:privarnos de aquello que deseamos sólo prepara para el fracaso. “Basta con ver las estadísticas: el 60% de la población mundial tiene sobrepeso“, dice Katz. “El nuevo modelo promueve pequeños cambios de estilo de vida sostenidos en el tiempo y un abordaje ‘no dietante’, basado en la legalización del placer y en el objetivo de alcanzar el mejor peso posible y no el que la cultura dicta como ideal. Uno debería tratar de ser la mejor versión de sí mismo, y no otro. No debemos seguir odiando nuestros cuerpos”.
Claro que una cultura que eleva el modelo estético “Barbie” no ayuda. Pero Katz se suma a una tendencia que asume una autocrítica y propone revisar los paradigmas vigentes: “La comunidad científica también es responsable de haber arrancado al alimento de su lugar primario y original: la nutrición, el placer y la socialización“, dispara. “Nuestro silencio respecto al hecho de que nacemos con derecho a comer y a sentir placer en ese acto avala la satanización de muchos alimentos y convierte la comida en algo ilícito. Aquello de ‘cerrá la boca y andá al gimnasio‘ no sirve. Por hambrear a la gente terminó ganando la obesidad”.
La doctora Marcela de la Plaza, de la Sociedad Argentina de Nutrición, coincide. “Es el único planteo que sirve para bajar de peso y sostenerlo: el cambio de hábitos y el largo plazo. Lo de la dieta de hambre por un período acotado fracasó; lo de ‘no sirvo para nada, rompí la dieta‘, se terminó. Comiendo bien, sanamente, e incluyendo todos los alimentos, se puede adelgazar. Un plan para bajar de peso puede incluir cremas, chocolates y alcohol. En su justa medida y en función de cada caso, un planteo nutricional saludable no debe siquiera evitar el kiosco: basta con aprender a elegir qué comprar. Si uno muere por el chocolate, una golosina de 25 gramos (por ejemplo un chocolate), engorda lo mismo que una manzana. Lo importante es organizar una rutina de alimentación”.
Aun en el caso de personas obesas, los expertos aseguran que la dieta de hambre no sirve, porque el “efecto rebote” se repite casi sin excepciones. “Las dietas están hechas para romperlas: son una invitación al descontrol”, dice la especialista en obesidad Ana Cappelleti. “Es necesario empezar a discriminar el sobrepeso que afecta la salud de lo que podríamos llamar ‘obesidad cultural‘, ligada a los estrictos cánones de belleza vigentes. Cada uno tiene un peso de tendencia: la búsqueda del ‘peso ideal’ debería ser el mejor ‘peso posible’ para uno, comiendo con moderación y siendo activo”.
El nuevo paradigma no reduce los objetivos a la pérdida de peso: “Tan importante como adelgazar es mejorar las enfermedades asociadas al sobrepeso y la obesidad“, subraya Cappelletti. La balanza importa, claro, pero no más que el “estado de situación” que alumbran los análisis clínicos y no más que la calidad de vida que regala un cuerpo saludable.
Se trata de “verse bien” y, sobre todo, de “sentirse bien“, combo que podría resumirse en el concepto de “bienestar“, un marco que no sólo no excluye el disfrute, sino que lo vuelve indispensable.
“Se puede adelgazar y tener un cuerpo cómodo y sano sin caer en el dietismo crónico ni en los trastornos alimentarios. El alimento es un placer primario que no deberíamos perder“, dice Katz. Las sociedades que conservan ese lugar para la alimentación tienen una prevalencia de obesidad menor, asegura. “Los franceses, por ejemplo, reyes de lo gourmet y de una cultura culinaria basada en ‘poco, pero bueno’, tienen sólo 10% de obesidad en la población adulta. No es desde la privación que se le gana al sobrepeso”. Ya no.
Actividad física, a examen
Para el nuevo abordaje, el peso saludable no obliga a excederse con el ejercicio ni a obsesionarse con el gimnasio. “Esos raptos no duran“, dicen los expertos, y proponen acercarse a la actividad física también desde otro lugar. “El lugar del ejercicio, en el enfoque ‘no dietante’, está asociado a la calidad de vida, al placer del movimiento, al bienestar. Nos corremos de la idea de ‘quemar calorías para poder comer‘: fomentar la obsesión no sirve”, aconseja Katz. “No es cierto que la única actividad física válida para perder peso es la aeróbica. Cualquier movimiento implica gasto de energía, y todo combustible que se use no podrá ser almacenado. Empiece por salir del sedentarismo moviéndose todo lo que pueda y cuando pueda. Después vendrá el objetivo de encontrar un ejercicio adecuado y disfrutable para usted”.
Cómo es el nuevo modelo
Los expertos aseguran que las dietas de menos de mil calorías diarias no son efectivas a largo plazo. “Una dieta para bajar de peso no debe proveer menos de 1.200 calorías, que es el umbral mínimo saludable, porque ante el déficit calórico el organismo genera un mecanismo de defensa que consiste en funcionar en ‘modo ahorro‘, y el metabolismo se vuelve más lento para gastar menos calorías”, explica Katz. “Decir que las dietas no funcionan no implica dejar libradas a nuestro antojo las ganas de comer, la calidad y la cantidad de alimentos: hablo de encontrar un estilo alimentario saludable, de un abordaje basado en la posibilidad de postergar el deseo y en el elogio del placer”.
Para Marcela De la Plaza, “es clave organizar una rutina de alimentación en casa y en el trabajo. Cuando salgo, disfruto: no son las excepciones las que nos vuelven gordos. Si tenemos sobrepeso es por cómo nos alimentamos todos los días, y no porque comamos en una fiesta. Hay que romper la asociación entre placer y exceso”, dice. En el nuevo marco, importa menos la “comida chatarra” que la “vida chatarra” (comer a las corridas, no desayunar, abusar del delivery, entregarse al sedentarismo y el estrés). “Un plan para adelgazar sin postre ni sándwiches es imposible de sostener. Lo importante es no sentirse a dieta“.
Oda a la lechuga
El resultado de una encuesta que revelaba que las mujeres asociaban el placer más con la ingesta de chocolate que con la actividad sexual, en su momento impactó de lleno en el orgullo masculino. Pero no debió sorprender a los nutricionistas 2.0. Sin embargo, habrá que trabajar mucho para cambiar una tendencia que ya lleva décadas: la de millones de mujeres y hombres recitando -como mantras- sus odas a la lechuga y al yogur descremado.
Autor: Georgina Elustondo
Fuente: Clarin.com
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Este marcador de inflamación, junto con los factores de coagulación, cada día tiene más reconocimiento como causa del taponamiento de las arterias que llevan sangre al corazón. Una persona con colesterol normal, pero con proteína C reactiva elevada, presenta riesgo de sufrir un ataque cardíaco.
Lo que en ese momento no se tomó en cuenta es que la dieta mediterránea no tiene un bajo contenido de grasas, sino que sus principales fuentes de grasa -aceite de oliva, peces de aguas profundas, nueces, granos y ciertos vegetales- ayudan a prevenir la enfermedad coronaria al mejorar el colesterol y reducir la inflamación.
Entre los alimentos que reducen los marcadores de inflamación arterial están los pescados de aguas frías, como el salmón, el atún o la caballa, las semillas de lino, las nueces y el aceite de canola. Ozner recomienda cocinar con aceite de canola y dejar el aceite de oliva -más caro- para las ensaladas. Otros integrantes de la dieta mediterránea -los vegetales, las frutas y el vino tinto- poseen propiedades antioxidantes que ayudan a prevenir el colesterol malo.
Reducir el estrés crónico también es otro factor importante. El estudio Interheart, que observó el efecto del estrés sobre 27.000 personas, halló que éste duplicaba el riesgo de sufrir un ataque cardíaco. Practicar técnicas de relajación una o dos veces al día -como respirar profunda y rítmicamente con los ojos cerrados- pueden ser de gran utilidad. Ozner también recomienda la meditación, el yoga, rezar, la autohipnosis, reír, dormir la siesta, sacar a pasear al perro, tener un hobby y hacer ejercicio.
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ESTUDIO DE ESPECIALISTAS EN NUTRICION
El desequilibrio de los platos no es sólo una cuestión de los adultos. El mismo desbalance se observa en la dieta infantil: mucha carne, fundamentalmente vacuna, alimentos de alta concentración de grasas y azúcares; pocas verduras, frutas, granos, legumbres y leche.
Y brinda un ejemplo: “Las acciones de la industria (disminución de grasas trans, agregado de fibras, etc.) surgen de su propia iniciativa más que como resultado de una política pública definida”.
de oliva.
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